Como arquitecto, en el último tiempo vengo observando algo que me preocupa: el mercado inmobiliario está cometiendo errores graves en la construcción. Con el afán de generar un negocio a partir de una propiedad, cada vez más personas sin formación ni conocimiento técnico se lanzan a construir, guiadas casi exclusivamente por la ecuación económica.

El resultado se ve a simple vista. Hay un deterioro sostenido en la calidad constructiva, en la selección de materiales y, sobre todo, en la calidad espacial, que es justamente el terreno donde el arquitecto tiene mucho para aportar. Viviendas que se venden como "oportunidades" pero que, una vez habitadas, muestran plantas ineficientes, mala iluminación y ventilación, circulaciones forzadas y ambientes que no dialogan entre sí.  

Se subestima el rol del arquitecto proyectista. Su trabajo no se limita a dibujar planos: genera valor agregado. Suma criterio de diseño, ordena el espacio, mejora la experiencia de habitar y, en consecuencia, eleva la calidad real de la vivienda que se pone a la venta. Una casa bien pensada se distingue, se valora y se recuerda.  

Lo más llamativo es que la ecuación no cierra desde lo económico. Diversos estudios señalan que el arquitecto influye apenas en un 3% del costo total de una obra. Sin embargo, es quien tiene el poder de tomar las decisiones que realmente marcan la diferencia: cómo se implanta la vivienda, cómo se distribuyen los espacios, cómo entra la luz, cómo se aprovechan los recursos.

Ahorrar en ese 3% puede parecer una buena decisión a corto plazo, pero suele traducirse en errores que se pagan mucho más caro después, tanto en reformas y correcciones como en el valor final de la propiedad.  

Construir no es solo levantar paredes. Es proyectar espacios donde la gente va a vivir. Y para eso, el criterio del arquitecto no es un gasto: es la inversión más rentable de toda la obra.

 

Arq. Sebastian De Maria